El origen del actual de este enclave se remonta al siglo XVI, en un momento de gran expansión de las órdenes religiosas en la ciudad de Cuenca. En este contexto se fundó el Convento de los Franciscanos Descalzos, una rama reformada de la orden franciscana caracterizada por su vida austera, contemplativa y de estricta pobreza.
Los franciscanos descalzos eligieron este emplazamiento por su situación apartada y recogida, adecuada para la oración y el retiro espiritual. El convento se levantó junto a una ermita preexistente y contaba con las dependencias habituales de la orden: iglesia, celdas, espacios comunitarios y un pequeño atrio. Como era habitual en los conventos franciscanos, su arquitectura era sencilla y funcional, sin grandes elementos decorativos, reflejo de su ideal de humildad.
Durante varios siglos, el convento fue un centro de vida religiosa activa, integrado en la vida espiritual de Cuenca, hasta que en el siglo XIX se produjo su decadencia. La Desamortización de Mendizábal (1835) supuso la exclaustración de los religiosos y la pérdida de la propiedad eclesiástica. Desde entonces, el convento quedó abandonado y pasó a manos privadas, iniciándose un periodo de deterioro y transformación del conjunto original.
Ya en el siglo XX, el antiguo convento fue adquirido por el Cardenal Pedro Segura y Sáenz, una de las figuras más influyentes y controvertidas de la Iglesia española contemporánea. El cardenal Segura, que fue arzobispo de Toledo y primado de España, destacó por su carácter firme y su defensa intransigente de la independencia de la Iglesia frente al poder político. Aunque a menudo se asocia a la jerarquía eclesiástica del franquismo, lo cierto es que mantuvo una relación muy conflictiva con el régimen de Franco, debido a sus constantes desacuerdos con la intervención del Estado en asuntos eclesiásticos. Estas tensiones provocaron su marginación y alejamiento de los centros de poder durante los últimos años de su vida.
Según la tradición oral, el antiguo convento reconvertido en finca privada habría servido al cardenal como lugar de retiro, un espacio discreto y apartado donde residir o refugiarse, lejos de la presión política y mediática de la época. De este uso deriva en gran medida el carácter reservado del lugar.
Hace muchos años, en la mágica ciudad de Cuenca, cerca de la Bajada de las Angustias y del antiguo Convento de los Descalzos, vivía un joven llamado Andrés Marzal, conocido por su encanto y por su habilidad para enamorar a cualquiera que cruzara su camino. Su fama de conquistador se extendía por toda la ciudad, y su corazón parecía libre de ataduras… hasta que apareció Paula Melero.
Paula no era una mujer cualquiera: bajo su dulce sonrisa y su mirada brillante, se escondía un poder sobrenatural capaz de encantar, asustar… ¡y hasta poner un límite al corazón más aventurero! Andrés, intrigado y fascinado, no pudo resistirse y acudió a una cita con ella en la noche de la tormenta, bajo el cielo iluminado por relámpagos y truenos, en la famosa Bajada de las Angustias.
Pero lo que parecía un encuentro apasionado pronto reveló su verdadero misterio: Paula se transformó ante él, y Andrés vio que detrás de su belleza se escondía el Diablo en persona. Con un escalofrío recorriendo su espalda, Andrés intentó huir… pero el destino estaba escrito.
En su carrera desesperada, Andrés llegó al Convento de los Descalzos y se aferró a la Cruz de los Descalzos, esperando que la protección de la piedra lo salvara. Sin embargo, Paula —con un toque juguetón y firme— lo alcanzó y decretó su destino: Andrés Marzal quedaría encerrado en el convento y obligado a cuidar sus jardines hasta el final de los días de la humanidad.
Desde aquel momento, la leyenda dice que Andrés aprendió que ningún corazón libre puede escapar del amor verdadero, especialmente cuando el Diablo en cuestión decide que ha encontrado a su compañero perfecto. Y aunque su castigo parecía eterno, aquel jardín se convirtió en un lugar de felicidad, donde cada flor recordaba el amor travieso y eterno de Paula y Andrés.
Hoy, la Cruz de los Descalzos, apodada como Cruz del Diablo, no solo es testigo de antiguos misterios, sino que también celebra la unión de dos almas valientes, que han transformado una historia de miedo en un cuento de amor eterno. Y así, entre risas, jardines y promesas, Andrés y Paula comienzan su propia leyenda.