El antiguo Convento de los Franciscanos Descalzos fue fundado en el siglo XVI junto al Santuario de Nuestra Señora de las Angustias, en uno de los enclaves más recogidos y singulares de la ciudad de Cuenca. Su emplazamiento respondía al ideal de austeridad, recogimiento y retiro propio de esta rama reformada de la orden franciscana, que buscaba espacios apartados y en contacto directo con la naturaleza. El lugar ha conservado su relevancia simbólica a lo largo del tiempo gracias, entre otros elementos, a la Cruz de los Descalzos, vinculada a una de las leyendas más conocidas de la ciudad.
Los Franciscanos Descalzos mantuvieron su presencia en Cuenca durante varios siglos, hasta que la Desamortización de Mendizábal de 1836 supuso la exclaustración de la comunidad y la pérdida del convento, que pasó entonces a manos privadas. En el siglo XX, el enclave fue utilizado como residencia estival por el cardenal Pedro Segura, arzobispo de Toledo y posteriormente de Sevilla, quien halló en Cuenca un espacio de tranquilidad y retiro.
Desde 1969, año en que la bisabuela Paula Elisa adquirió la propiedad, la finca pertenece a la familia Guardia, que la ha cuidado y conservado generación tras generación. Desde la misma, la mirada se abre sobre el curso del Júcar y el casco antiguo de Cuenca. El recorrido visual abarca la subida de San Juan y se detiene en los chopos que amarillean en otoño bajo los Ojos de la Mora.
Es precisamente este espíritu de continuidad y cuidado el que queremos compartir con todos vosotros, que nos acompañaréis el día 30 para celebrar el amor. Deseamos que este lugar, testigo de siglos de historia, continúe siendo un espacio de encuentro y de memoria compartida, en el que celebrar la familia, la amistad y los vínculos que nos unen.
Hace muchos años, en la mágica ciudad de Cuenca, cerca de la Bajada de las Angustias y del antiguo Convento de los Descalzos, vivía un joven llamado Andrés Marzal. Era conocido por ser un auténtico donjuán: encantador, audaz y algo sinvergüenza. Su fama de conquistador recorría toda la ciudad y su corazón parecía ajeno a cualquier promesa … hasta que apareció Paula Melero.
Paula no era una mujer cualquiera. Bajo su dulce sonrisa y su mirada luminosa se ocultaba un poder misterioso, capaz de hechizar y, sobre todo, de poner límites incluso al corazón más aventurero. Andrés, intrigado y fascinado, no pudo resistirse a pedirle una cita, que Paula aceptó sin dudarlo.
La noche del encuentro, una tormenta cubría el cielo de Cuenca. Entre relámpagos y truenos, los jóvenes se encontraron en la Bajada de las Angustias. Lo que comenzó como un encuentro apasionado pronto reveló su verdadero misterio: ante los ojos de Andrés, Paula se transformó, y él descubrió que tras aquella belleza se escondía la enviada del Diablo, dispuesta a darle una lección al joven embaucador.
Con el miedo recorriéndole la espalda, Andrés intentó huir. En su carrera desesperada llegó al Convento de los Descalzos y se aferró a la Cruz, implorando protección. Pero Paula lo alcanzó y dictó su destino: Andrés Marzal quedaría para siempre ligado a la joven y al Convento, y condenado a cuidar sus huertas y jardines hasta el fin de los tiempos.
Desde entonces, cuenta la leyenda que Andrés aprendió que ningún corazón libre puede escapar del amor verdadero. Y aunque su castigo parecía eterno, aquel jardín terminó por transformarse en un lugar de felicidad, donde cada flor recordaba el amor eterno de Paula y Andrés. Y cuentan también, en voz baja, que de aquel amor nació Lorenzo, guardián sonriente de la leyenda.
Hoy la Cruz de los Descalzos no solo guarda antiguos misterios, sino que celebra la unión de dos almas valientes, capaces de transformar una historia de miedo en un cuento de amor verdadero. Y así, entre tomateras, parras y rosales, Andrés y Paula comenzaron su propia leyenda.